El Juego como entorno facilitador: logrando el cambio social

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Por: María José Treviño
Publicado en: Revista Prometeo, No. 65 “El juego”, 2012.

El juego es un facilitador natural del encuentro, que presenta un escenario novedoso, divertido y seguro para ser y estar. Es aplicado en todas las edades, en infinidad de áreas: educación, arte, intervención comunitaria, rehabilitación física y psicológica, entornos médicos (como el clowning hospitalario), tecnologías, negocios, y más.

En muchas de estas áreas, el juego es una herramienta de crecimiento; el juego es, a final de cuentas, un entorno facilitador del desarrollo. Para lograrlo, sin embargo, es importante que el juego vaya más allá del sentido lúdico y cubra además las condiciones básicas y suficientes del enfoque centrado en la persona:

El juego será positivo y de crecimiento si genera seguridad y confianza entre los que participan, pues es un espacio donde se puede ensayar de manera segura. Además, el error es aceptado y a veces hasta celebrado.
El juego provocará interacciones enriquecedoras si se basa en la empatía y la aceptación incondicional, permitiendo la participación plena de cada uno.
El juego invitará al desarrollo personal mientras permita una expresión de la congruencia interna de las personas, y a la vez favorezca la convivencia congruente.

Para introducir el juego en un proceso de desarrollo, es esencial que el facilitador tenga presentes estas características y que la actividad misma vaya acompañada de un proceso reflexivo orientado al darse cuenta. De esta forma el facilitador se convierte en un educador experiencial que brinda una atmósfera, como menciona Greenwald (1992), donde puede darse un encuentro nutricio de autodescubrimiento y así permita a la persona encontrar nuevas posibilidades en su ser.

Para acercarnos más a los efectos del juego en la transformación cultural, contamos con el ejemplo de “Unidos somos Iguales”, organización mexicana fundada por Estela Villarreal Junco. Desde hace casi 25 años [al 2012] se dedica a promover un cambio cultural para la aceptación de las personas con discapacidad, precisamente a través de actividades recreativas y sociales, donde el juego es el ingrediente central de sus actividades.

Cuando Estela Villarreal nació, llegó a una familia amorosa con otros cuatro hermanos. Estela aprendió que cada uno de sus hermanos y hermanas era diferente: unos eran platicadores incansables, otros traviesos, otros eternamente silenciosos; igual se tenía que aceptar y perdonar la broma de uno, como el jalón de cabellos inocente de otros… Y esta aceptación de las diferencias era intensa y profunda, pues dos de sus hermanos tenían una discapacidad que les impedía hablar y caminar. Sin embargo, esto jamás limitó la interacción entre ellos. Las limitaciones se aprendieron afuera en el parque, donde los otros niños no querían jugar con ellos; en la escuela donde los compañeros no los aceptaban; en las calles donde la gente los observaba con extrañeza.

A Alejandra le gustaban las muñecas, siempre la acompañaba una. Desde muy chica, Estela encontraba una similitud natural entre su hermana y sus amigas de la escuela quienes, en su desconocimiento, rechazaban a Ale. Si a Ale le gustan las muñecas y a las otras niñas también… ¿qué les impedía jugar juntas? ¿Por qué en el parque y con sus amigos que no tenían discapacidad, el juego no podía ser igual de incluyente y aceptante como lo era en casa?

Con el tiempo Estela concluyó acertadamente que la sociedad no rechaza por maldad, sino por desconocimiento. El desconocimiento genera extrañeza y la extrañeza conlleva un temor; temor por nunca haber estado cerca de alguien con discapacidad, temor a no saber qué decir, temor a sentir dolor al acercarse, temor a contactar con una realidad difícil de asimilar, y muchos otros más.

Así, Estela decidió iniciar un movimiento social fundamentado en la interacción: acercar a personas de la comunidad, ajenas a la discapacidad, a convivir con personas que viven con alguna discapacidad. La magia se centra en que esta interacción es amigable, divertida, de aceptación y empatía. ¿El método? ¡El juego!

La idea central es sencilla: si hay un acercamiento en un entorno seguro, de una manera divertida y empática, se eliminará el temor inicial ante las diferencias. Ya sean diferencias culturales, de género, de formación académica, de lugar de origen, de capacidades ¾o discapacidades¾ y muchas más, siempre están presentes las ideas preconcebidas que tenemos acerca de ellas. Cuando hablamos de una realidad distante a la nuestra, como puede ser la discapacidad, las barreras iniciales son de desconocimiento, de duda sobre qué hacer o qué decir y un intercambio de miradas de extrañeza al encontrarse de pronto interactuando frente a frente.

A través del juego se borran esas barreras y las diferencias dejan de ser obstáculo. Los talentos y capacidades de todos se suman para ser un complemento en el grupo. Sin embargo, para que un contexto de juego logre esto, es necesario cuidar el entorno en el que se realiza, buscando que exista un aprendizaje al compartir con los que nos rodean. En consecuencia, este intercambio de experiencias y esta participación activa, generarán una sociedad más sensible e incluyente.

El contexto del juego, para que logre este cambio cultural, necesita transmitir constantemente a todos los involucrados la importancia de la empatía, del compromiso y la apertura. Es un entorno con actividades que, si son diseñadas pensando en las diferencias de los individuos, favorecerá de manera natural el uso de un lenguaje incluyente y una interacción saludable.

Ahora bien, completando el ciclo de aprendizaje vivencial (Kolb, 1976), a la experiencia concreta le sigue un proceso de reflexión sobre lo vivido en el juego, de manera que cada persona pueda abstraer sus propias conclusiones. No basta con que por un momento, dentro del juego, las diferencias dejen de ser obstáculo para la interacción y todos convivan como iguales dejando de lado las condiciones de discapacidad; hace falta promover el “darse cuenta”. El juego es un detonador, involucrando a cada uno en su proceso de aprendizaje a partir de lo sucedido. En el caso de las diferencias y la diversidad, es permitir un espacio para que se reflexione por ejemplo sobre la inclusión, la interacción, las reacciones personales ante las diferencias, los factores de éxito y fracaso en las metas del juego, y otros elementos más. El paso final en el ciclo es la aplicación. Es decir, cuando cada integrante puede llevar estas transformaciones a las acciones concretas en su vida, con su familia, con sus amigos, en su trabajo… y al resto de la comunidad para multiplicar el efecto. 
El resultado, escenas como ésta:

Una joven con discapacidad visual descubre que puede jugar boliche lanzando la bola junto con su amigo que lo guía, y generando en ambos sonoras carcajadas sea cual sea el resultado del tiro.

Una niña con discapacidad intelectual es momentánea maestra de baile de un grupo entero de adolescentes, que siguen emocionadas los pasos idénticos a los del video musical de moda, ejecutados a la perfección por la pequeña bailarina.

Un joven con discapacidad física se vuelve la estrella de su equipo, tras defender la portería desde su silla ruedas en la jugada que se desenvuelve frente a él; un joven sonriente, que sostiene las manos de su amigo con discapacidad motriz, y ambos afinan puntería para lanzar juntos.

Un ejecutivo, usualmente enfrascado en situaciones laborales, abandona saco y corbata para subir a los juegos mecánicos con su nuevo amigo con discapacidad, ambos con un brillo en sus ojos como el que encontramos en los niños que vibran de emoción.

Al facilitar la interacción entre realidades distantes, el juego se convierte en una invitación divertida a ser incluyente, rompiendo etiquetas y rebasando las barreras ideológicas tan enraizadas en una cultura llena de comportamientos que, en el fondo, llevan a la discriminación y vulneran la integridad de los individuos tan diversos que conforman una comunidad. Al final, si podemos jugar por un momento a ser iguales, tal vez podemos aprender a ver más allá de las diferencias, y acelerar el paso hacia una nueva cultura de aceptación e inclusión.

María José Treviño González tiene maestría en Desarrollo Humano y es facilitadora de grupos.
Contacto: mache@crecimientoyaventura.com

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